A veces no sé cómo hacemos lo que hacemos.

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Hola. Te doy la bienvenida si es tu primera vez y si no, qué suerte que sigas acá. Esta vez me puse un poco pensativa. Menos data concreta, pero como te advertí, a veces esto viene por capricho.


Siempre estoy nerviosa antes de un casamiento. Hasta que me cuelgo las cámaras en los hombros.

Ahora que lo pienso, vuelvo a ponerme nerviosa en los trayectos intermedios. Del hotel a la ceremonia, por ejemplo. Tendrá que ver con tener el control de la situación. Que al no estar ahí, no veo lo que está pasando y eso me pone nerviosa.

Quizás ya me escuchaste contar esto, pero los fotógrafos de bodas solemos tener pesadillas antes de los casamientos, del tipo: la novia está por entrar a la iglesia y yo todavía estoy en mi casa. O, los novios van a besarse y la cámara no dispara.

A veces pienso que no sé cómo hacemos lo que hacemos.

A veces miro a la distancia y me sorprendo de mi misma y de mi trabajo. De cuánta energía ponemos ahí. De lo rápido que pasan los momentos y la responsabilidad que implica. Es como que si lo pienso mucho digo: mejor que lo haga otro. Pero la realidad es que lo amo. Amo esa adrenalina.

En los talleres iniciales, siempre les digo a mis alumnos que tienen que practicar, practicar y practicar. Para que después solamente tengan que preocuparse por crear, por componer, por registrar de la mejor forma posible lo que tienen adelante.

A veces no me creen que llega un momento en el que dejás de pensar en qué botón apretar, qué ruedita girar. Solo lo hacés. Yo misma escuché esto muchas veces en los congresos de fotografía hace unos cuantos años ya. Y pensaba: debe ser una forma de decir.


El sábado pasado tuve un casamiento en Punta del Este. Ola de calor. La viviste vos también. 17 horas de trabajo (no superamos el récord de 18 horas de hace unos años en esta boda).

Una iglesia a tope a las 5 de la tarde.

17:05, llega la novia. Un auto negro brillante estaciona en la puerta. Y se baja ella, radiante. Las amigas aplauden, su padre la mira.

“Entren despacio. Disfrútenlo, que es una vez y pasa muy rápido” les digo, y me voy hacia el altar a esperarlos.

En el camino por el pasillo, veo en el piso un punto de luz. Una “mancha” de sol que entraba por alguna de las ventanas de la iglesia y generaba un círculo en el suelo por donde, segundos después, iban a pasar la novia y su padre.

“Tengo que usarlo.” Me dije.

“Que mi ángel me acompañe y pasen por ahí en el momento perfecto.” Pensé.

Dos cámaras colgadas, con dos lentes diferentes. Uso una primero y la otra después. Disparo. No veo las fotos hasta mucho más tarde.


En algún momento de más tranquilidad, me siento un minuto a satisfacer mi curiosidad de ver cómo quedaron.

Reviso y ahí está: el círculo de luz.

A veces no sé cómo hacemos lo que hacemos.


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