Hoy fui a desayunar a un lugar que tiene una librería.
No, a ese no. A otro. A veces voy a trabajar ahí o a tener alguna reunión en el patio.
Al salir, me topé con un libro que me llamó la atención. Primero por la ilustración de la tapa y medio que al mismo tiempo (no puedo discernir qué vi antes) el título. Lo siguiente, y probablemente lo más llamativo en realidad, es que no tenía más de 7 milímetros de espesor.
7 milímetros y 80 páginas.
“Tengo que leer esto”, dije.
No conocía a la escritora. Fue intuición y curiosidad. No más.
—Otra vez.
Parece que cada vez que escribo esto hace mucho calor, no?
Me di cuenta porque venía a comentar que hoy es sábado y que, otra vez, hay 40 grados a la sombra. Pero ya vimos que no quejarse funciona.
Pospuse un rato el trabajo que tenía pensado hacer (sábado libre de boda pero no de edición), prendí el aire en 21 y me dispuse a comprobar si mi intuición sobre el libro era correcta.
Apostamos?
Lo leí en unas horas, como supuse. Me dormí un rato en el medio, pero no por el libro, si no porque era inevitable (nadie no se duerme un sábado a las 5 de la tarde en una cama con aire fresco).
El libro arranca con una cita de Roland Barthes. Punto a favor, pensé. Nerd de facultad. Yo, digo.
Igual ahondé en la cita una vez terminado el libro (qué lindo esto de la circularidad) y resulta que hacía referencia a una revista francesa. Una revista de… [redoble de tambor]… relatos fotográficos. Fotonovelas, digamos.
La cosa es que el libro de los 7 milímetros, que nada tenía que ver con fotografía, me terminó llevando a ella.
Porque además de releer el libro de Barthes— que también lo ves y decís “ah, esto lo leo de un tirón», pero no— terminé viendo una película de 28 minutos, contada solamente con fotos en blanco y negro. Una fotonovela experimental que habría revolucionado la forma de narrar. Aunque no sé, porque después medio que no trascendió el tema.
“Nothing sorts out memories from ordinary moments. It is only later that they claim remembrance, when they show their scars.”
―Chris Marker
Una cosa lleva a la otra, naturalmente, solo que no siempre prestamos atención al recorrido.
Los dos, la escritora de las 80 páginas y Barthes, reflexionan sobre el tiempo: el tiempo que pasa entre que uno escribe y otro lee, y el tiempo que se detiene, cuando se saca una foto.
(Acá es cuando debería citar a Barthes así como en formato de monografía pero no quiero que dejes de leerme.)
O sea: a la vez que un momento se va para siempre, queda — para siempre —congelado. La foto, viste.
Es que, la fijación de un instante, por definición efímero, en una superficie, si hoy en día es algo digno de reflexión, imaginate en los años 80 cuando este hombre escribió ese libro.
Pobre Barthes, murió poco después de publicarlo. Se quedó sin escribir, como mínimo, de la cámara digital. Otra que cámara lúcida.
Siempre tengo una edición casi pronta de esta newsletter guardada en borradores, por si esa semana no surge tema. Hasta ahora sigue ahí. Es que confío en que en el tiempo entre correo y correo, algo no previsto va a dar lugar a otra de estas reflexiones caprichosas. Y no te voy a mentir, me gusta coquetear con el último momento.
Cuando me levanté no estaba en mis planes la lectura de ese libro, ni de aquel otro, ni ver una película hecha con fotos, ahora, a oscuras, sin saber si afuera sigue haciendo calor.
—A modo de epílogo.
Hoy es lunes y estoy de nuevo en el café con la librería.
Contingencias.
No pretendo que te des cuenta, porque no hace tanto que nos conocemos, pero mientras iba escribiendo, siempre estuvo la posibilidad de no decirte el título del libro que desencadenó todo esto.
Aunque si te gusta la circularidad como a mi, en una de esas lo descubrís.
“La videncia del fotógrafo no consiste en «ver», sino en encontrarse allí.”
—Roland Barthes
Gracias, especialmente esta vez, por leer hasta el final. Contame si te gustó.
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Nos vemos en la próxima 🖤