Las hormigas descansan?

Written in

by

—Tenía tanto trabajo que hacer, que decidí tomarme el día.

Cuando empecé terapia hace no muchos años, movida por la sed del autoconocimiento (o de hablar de mí, no sé), estaba embarcada en descubrir qué tipo de personalidad era. Una de las opciones ponía como característica principal, el hecho de no parar de trabajar. Y yo dije: “NAH. Esto yo no soy. Si a mí me encanta estar sentada al sol tomando café.” 

O sea, vos me ves, y yo estoy sentada al sol tomando café. 

¿Y la cabeza?

He ahí la cuestión.


—Lunes.

Me tomé el lunes libre para limpiar toda mi casa. Fue bueno haberlo decidido desde el principio, porque no es lo mismo arrastrar los pendientes mientras te colgás a barrer (cualquier cosa se vuelve increíblemente atractiva cuando uno no quiere trabajar) que determinar que te vas a tomar el día.

¿Cuándo creés que empecé a pensar en este texto?

Si respondés martes, perdés. 


—“Cómo que vas a renunciar?”

En la edición pasada conté que hace unos cuantos años trabajaba en una oficina. 

Mi primer trabajo formal digamos, contratada y con tickets alimentación, fue hace 15 años. Si bien en ese momento no tenía tan claro hacia dónde iba mi carrera, sabía que seguro tenía que ser hacia algún lugar donde trabajara para mí. 

Otro trabajo y 6 años después, agarré mis cosas y me fui. 

No renuncies. Cómo vas a renunciar?…” Me decían.

Para mi, no había otra forma.


—Trabajo de hormiga.

Fue fácil. No te voy a mentir para que suene más romántico. Era un momento en el que la gente buscaba algo diferente y se venía un cambio en la fotografía de casamientos. Incluso contratando a alguien como yo, con muy poca experiencia en ese momento, pero buscaban a alguien que estuviera fresca. Menos al tanto de lo que había que hacer.

Para mi primer casamiento igual me fijé qué aparecía en “fotografía-casamientos-uruguay”, porque bueno, arriesgada sí, pero preparada también. Y ahí fui, con la cámara y el tenedor.  

Fue fácil también porque —a la vista está, siendo las dos de la mañana— no me molesta para nada esto que viene con la independencia y el emprendedurismo, de tener horarios con límites un poco difusos, entre otras cosas.

Cuestión que si bien el público estaba ávido de lo nuevo, también había que convencerlo. Ver para creer y todo eso.

Paciencia, 12 años y mucho trabajo de hormiga después, más o menos ya sabés la historia. 


Cuando fui a dar una charla a un grupo de sexto de liceo, en un ciclo de orientación vocacional, conté un poco de este recorrido.

Ellos tenían 17 o 18 años y estaban con toda la ansiedad por entrar a facultad y si hacer esta carrera o la otra. “Y si me equivoco?”, “Y si pierdo un año?”, me decían. (Uno de los problemas de que las carreras se llamen como se llaman.)

Imaginate las caras, cuando les dije que yo recién había empezado a trabajar de lo que hago ahora, casi 10 años después de haber entrado a facultad. 

Calma, les decía yo. Es una cuestión de fe. Andá a convencer igual a un adolescente en ese momento, que confíe en que el camino se va a ir configurando y que todo sirve para algo y la mar en coche y qué se yo.


La cosa es que con todo esto se me viene a la mente la frase “sin prisa pero sin pausa”, y así como se me viene, me da un escalofrío. Nunca me gustó esa frase. Sin pausa.

Como sea. Yo tenía que parar ayer, para poder seguir hoy.

[Abre otra pestaña y googlea: “las hormigas descansan?”]

Basta, Patricia.

Hasta el lunes que viene.