Buenas noches para vos. No sé si es evidente, pero esta introducción siempre la escribo al final. Es decir, cuando vengo a escribir esto, el texto de la newsletter en sí, ya está escrito.
Cuando escribo esto me viene como una adrenalina. La ansiedad de que leas lo que tengo para decirte. De conversar, un poco también. Porque al final se trata de eso, del intercambio y del vínculo.
De lo que vengo a hablar hoy es de cómo nos vinculamos con lo que consumimos. Y aunque no me respondas, sé que estás ahí, porque a vos te escribo.
Tengo un amigo con el que a veces chateamos. Esto sería una novedad si fuera el año 1997 y yo te estuviera hablando del ICQ. Mas no. Nuestras conversaciones son esporádicas, pero eficientes. Breves pero al grano. Preguntas sin “hola”, respuestas sin “chau”. Una vez resolvimos una situación hablando casi que solo con monosílabos.
— Qué amplio todo…
Ahí voy.
La cosa es que ambos escuchamos un podcast sobre cine (uno que recomendé unas ediciones atrás, que él me pasó a mi en realidad ya hace tiempo). Fans nivel groupies.
Chat va chat viene, por la otra línea alguien me recomienda una de las últimas películas que se estrenaron en el cine. La rosada no, la otra. Que le pareció espectacular, dice. Y yo, que no vi la película pero sí escuché la review… dije: “a los del podcast no les gustó”.
— Qué atrevida.
Claro, por eso a continuación, y acá viene el intercambio concreto, al grano, sin hola ni chau, le escribo a mi amigo:
“Qué horrible. Me pasa que cuando alguien elogia una película que en el podcast no les gustó, ya la desprestigio. A la persona, digo.”
A lo que el me responde:
“Somos parte de la cultura de la referencia.”
La conversación terminó ahí, claro, pero automáticamente pensé: es que hay tanto para ver que no nos da el tiempo. No-nos-da-el-tiempo.
Vemos todo de a partes. Vemos resúmenes, reseñas, recortes. Todo está filtrado por la opinión de otras personas a las que, con suerte, tenemos como referentes.
Será que nos da pereza tomarnos el tiempo de consumir lo que sea y encima después, procesarlo para formar una opinión?
No estoy diciendo acá “vayamos a tomarnos el tiempo de…” porque ciertamente fui la que mandó los mensajes anteriores, pero al menos pensemos acerca de eso.
Ir al cine o al teatro es distinto. Por lo pronto te obliga a estar con las piernas en el asiento, idealmente prestando atención.
El otro día fui a ver una obra. El Solís entero de pie, aplaudiendo al final. Una obra de teatro que se burlaba del teatro mismo. Por momentos le hablaba al espectador como si estuviera en su cabeza.
“Queda un acto más y nos vamos a comer” (risas), dijo uno de los actores. Momento en el que yo misma me estaba preguntando cuánto faltaría. No por no estar enganchada con la obra, para nada, pero por algo el texto decía eso en ese punto. Conocer al espectador como a uno mismo, quizás? O mejor aun, ponerse en el lugar del espectador.
Nos ponemos en el lugar de los que interpretan por nosotros, suponiendo que tenemos la misma opinión. Leemos la contratapa del libro y sabemos la novela entera. Creemos que no hay tiempo y se hacen las 4 de la mañana viendo videos de vos sabrás qué.
Creo que, como creadores de contenido, los que lo somos, tenemos la obligación, cuanto menos, de cuestionarnos esto. Y vos me dirás (ojalá): “pero yo me hago el pop y me concentro solo en lo que estoy mirando; yo voy al banco de la plaza y leo la novela página por página.”
Es por ahí. También. Porque igual siempre vamos a tener a esos formadores de opinión, a esos referentes a los que les vamos a robar el titular.
La cultura de la referencia.
Mientras tanto, también, subimos la foto de la página del libro que estamos leyendo.
Te conozco, mascarita.
La obra: La vis cómica, de Mauricio Kartun.
Nos vemos en la próxima 🖤