Te extrañé. Pasaron dos lunes, que son dos semanas. Y puede ser tanto como tan poco. Pero acá estoy de nuevo, con algunas cosas para contarte. Y un poco para jugar. Empiezo yo.
Ayer fui a ver una obra de teatro, de esas que nunca más te vas a olvidar. Mi madre, bicho teatrero, me compró la entrada sin preguntar. Dudé. Le doy las gracias, ahora.
100 minutos. Un prólogo, 3 actos y un epílogo. Un texto en el que no sabés qué es ficción y qué es real. Pero a la vez, con toda la naturalidad del mundo.
Soy una persona bastante (muy) pendiente del entorno. Debo reconocer que me cuesta un poco eliminar por completo lo que hay alrededor para conectar del todo con lo que estoy viendo. En este caso la obra me abrazó. Y lo digo en sentido figurado porque no habría otra opción, pero si la hubiera, sería así.
Solo en un momento mi mente se desvió y pensé en otra cosa. Fue cuando se mencionó la idea de escribir un texto, mezclando las exactas palabras de otro ya existente.
¿Ya te diste cuenta en qué pensé? No te subestimo para nada, pero te lo voy a decir: en armar un texto con partes de las ediciones anteriores de esta newsletter. Ahí voy.
—“If you think this has a happy ending, you haven’t been paying attention.”
Tengo una confesión que hacer. Hoy es un lunes especial. No pretendo que te des cuenta, porque no hace tanto que nos conocemos.
Tengo un amigo con el que a veces chateamos. Parece que hay una regla que dice que una conversación es más interesante si no empieza con un “hola, cómo estás?”.
Todo empieza con el deseo. No te voy a mentir, me gusta coquetear con el último momento. Que mi ángel me acompañe. De repente tomo plena conciencia de mis acciones, como si se tratara de un guión, y abro todas las líneas que van surgiendo, para luego, quizás, convertirse en un relato.
— No sabés lo que me pasó.
Golpean la puerta. Tres golpes secos de la manito de bronce sobre la madera.
Silencio. Escucho voces.
— Salí de ahí, maravilla.
A lo mejor nos horrorizamos por lo pasado como un mecanismo de defensa para justificar que ahora estamos haciendo lo mejor que podemos. Una cosa lleva a la otra, naturalmente, solo que no siempre prestamos atención al recorrido. A veces me pregunto si la costumbre es la contraparte de la experiencia. A veces no sé cómo hacemos lo que hacemos. La vida es absurda. Te conozco, mascarita. Si estás contando una historia que es ficticia, el otro se la cree en cuanto vos te la creés.
Siempre estoy nerviosa antes de un casamiento. Hasta que me cuelgo las cámaras en los hombros. Amo esa adrenalina. Y lustrar las botas. Uno elige cómo contar sus historias. Uno elige cómo fotografiar. Así como un espía que escucha, para algunas fotos me gusta pensar en el voyeur que observa.
Vivir de lo que te apasiona es una fortuna. Suerte? Quizás. Pero dicen que la suerte te encuentra trabajando. (O era la inspiración?) Da igual.
La normalidad es la muerte de la fotografía. La normalidad es la muerte de muchas cosas. Los obreros son anónimos. Los fotógrafos somos obreros. Los fotógrafos somos anónimos.
“Somos parte de la cultura de la referencia.”
Nos ponemos en el lugar de los que interpretan por nosotros, suponiendo que tenemos la misma opinión.
¿Para qué sirve la fotografía?
A lo mejor ellos la vieron mucho antes que nosotros. Si al final, esto no es más que un experimento.
La obra: Tierra, de Sergio Blanco