— Tres veces se pregunta.

La ropa de invierno ya está en las vidrieras. No hay ola ni tsunami de calor que lo frene. Es sabido que la moda va, ya no solo tras las estaciones, si no también tras las medias y los cuartos de estación. Mucho más rápido que lento. Y la verdad resulta bastante agotador, porque decime si no te econtraste alguna vez, preguntándote si tocaba un jean de tiro alto o uno de tiro bajo, o si la a camisa iba por dentro o por fuera del pantalón, y si no era acaso el mocasín el peor zapato de la historia y por qué es ahora el último grito de la moda.
Grito yo. Que por ahora me encuentro bien con mis mis botas de cuero que no me dan calor en verano entonces las uso igual.
– Las ramas, Patricia.
Perdón, vuelvo. Lo que vengo a comentar hoy, es cómo esta celeridad se ha instalado en la fotografía, concretamente en la que me toca, que es la de bodas. No te voy a mentir, y si ya me conocés un poco lo podrás intuir, maldigo.
– Ya hablaste de esto en otra edición, no?
Sí, y justamente eso hace que vuelva a sorprenderme y por lo tanto, hablar de esto otra vez. ¿Sabés por qué? Porque la tendencia a la que me refería en aquella edición de unos meses atrás… medio que ya pasó. Lo que hace que finalmente estemos en una espiral, pero ni ascendente ni descendente. En un preguntarnos ad infinitum, como frente a un oráculo:
Cuál es la tendencia. Cuál es la tendencia. Cuál es la tendencia.
— El vestido de Vera.
La primera diseñadora de vestidos de novia que conocí fue Vera Wang. Con un recurso recurrente que es mi debilidad: la combinación de blanco y negro. Me gustaron sus vestidos mucho antes de ser fotógrafa de bodas.
Cualquier vestido de Vera Wang, de cualquier época, puede usarse hoy.
Vera es otra en la lista de artistas que empezaron “tarde” su carrera. Abrió su tienda de vestidos de novia a la edad de 40 años. Que sí, dice, quizás le hubiera gustado empezar a los 20 o 30, pero a esa edad no hubiera estado ni cerca de tener lo que se necesitaba para meterse en el negocio. Que igual a los 40 tenía sus miedos, no te creas.
Resulta que Vera se compromete a los 39. Voy a usar el presente histórico acá, permitime. Se compromete a los 39 y qué le pasa? No te encuentra el vestido de novia, podés creer. No va que viene el padre (que no trabajaba en el mundo de la indumentaria pero sí en el de los negocios) y le dice: “oíme, Vera, acá hay un nicho.” Y Vera le dice, “sí, viejo, pero la gente se casa una sola vez, ponele.” (Seguro ella lo dijo mucho más elegante.)
– “Mija. Pero la gente siempre se casa.”
Cuestión que Vera, no sólo se hace su propio vestido de novia, si no que se abre la tienda que la catapultaría en el mundo del diseño. Porque siempre estuvo en el mundo de la moda, pero del otro lado, del lado “artístico” del asunto, y ella bien sabía, como vos y yo, que desarrollar un negocio es otra cosa.

— No quiero ver, no quiero saber.
Cuenta Vera que durante las reuniones de trabajo con Ralph Lauren, diseñador y marca para quien trabajó durante los años previos, una frase recurrente del propio Ralph, era:
“no me digan lo que están haciendo los demás. No quiero ver. No quiero saber.”
Cuando la leí me reí, porque me he encontrado más de una vez diciendo esto a colegas. Más de una vez puse en silencio publicaciones incluso de amistades del rubro por el hecho de evitar esa “contaminación cruzada” en la que terminamos haciendo lo mismo.
La moda, por definición, implica cambio. Pero el desafío, dice Vera, es avanzar siendo fiel a tu propio espacio. “Porque claro, si vas a pasar de diseñar bikinis con plumas a trajes de lana, a vestidos de tul transparentes, nunca vas a poder construir una marca, porque entonces, quién sos vos?”
“Do not tell me what everyone else is doing. I don’t want to see. I don’t want to know.”
A lo mejor, y aunque preguntemos tres veces cuál es la tendencia, el oráculo se va a quedar callado. Tal vez haya una sola pregunta con la que le brillen los ojitos y suene más a algo así como un
“¿quién soy yo?
¿quién soy yo?
¿quién soy yo?“