Edición #49.
—El final ya está escrito.
Con La promesa de volver más temprano que tarde, no me extenderé en esta introducción. Ojalá lleguemos hasta el final. Ya me vas a entender.
Estoy enganchada con una telenovela española.
Muchas veces cuando la gente me recomienda series me dice —como argumento de venta —que es cortita, que son pocos capítulos. Lo cierto es que no me disgusta que una serie sea larga.
Dicho esto, me sorprendí bastante cuando fui a ver cuántos tenía ésta, la española, y me encontré con más de un centenar. Literal, 122 capítulos. La primera temporada. Y pensé: esto es lo que le sigue a “liviano” pero en este momento, me sirve. Es así que cuando cae el sol, no antes porque me deprime, la pongo de fondo.
Por el capítulo 40 y pico ya me tiene un poco cansada pero (así es como funcionan las telenovelas) quiero ver cómo se ve lo que ya sabemos que va a pasar.
— No puedo parar.
La historia se desarrolla en Andalucía, España, por el 1900. Pobres y ricos; palacios, criadas y doncellas. Matrimonios por conveniencia, hermanos que no saben que son hermanos, la de la silla de ruedas que todavía no ha vuelto a caminar y el de la amnesia que ya recuperó la memoria. La criada igual siempre termina siendo la hija del rico, porque si no, cómo se va a casar con el futuro marqués. El marqués nunca se casa con la criada.
Vi 80 capítulos en 7 días.
En mi defensa si es que la hay, terminé viendo de a saltos, pasando a las escenas que más me interesaban, llegando a ver de algunas solo el principio y el final, y otras no verlas en absoluto. Así y todo, nunca perdí el hilo.
Voy por el 135.
Segunda temporada.
No puedo parar.
— La hora bruja.

Allá por el capítulo 54, la prometida del protagonista — el futuro marqués — en un intento de conquistarlo porque él no la quiere, porque a la que quiere es a la criada, le regala una cámara de fotos. La más moderna que había en la tienda, según dijo.
300 capítulos más adelante (y recién ahora estoy exagerando) aparece una amiga del protagonista, de una profesión muy avanzada para su tiempo, que a todos les sorprende que viaje sola por el mundo, siendo independiente, viviendo de su trabajo y sobre todo, siendo mujer… a ver si adivinás cuál es la profesión…
Sí, es fotógrafa.
Se da a entender que la chica es fotoperiodista. En un momento la fotógrafa le pide a la protagonista de la serie — la criada — para hacerle unos retratos. La saca de la cama al amanecer y le explica a la pobre chica (o a la chica pobre que para el caso es lo mismo) que esa es de las mejores horas para sacar fotos y que se llama: la hora bruja.

“Hay algo mágico en ella.” La hora bruja es la ya conocida hora dorada y también la hora azul. Esos instantes justo al amanecer y al atardecer, donde, según la fotógrafa, lo lindo no es la luz del cielo, si no la de las personas.
(Esto se está haciendo tan largo como la telenovela pero, como en ella, el final ya está escrito.)
La criada, con sus rizos dorados que siempre están recogidos pero ahora vemos sueltos, no sabe qué hacer. La fotógrafa la posiciona.
—Cuanto más quieta estés, más nítida quedará la foto.
Para tranquilizar a la criada todavía nerviosa, la fotógrafa le cuenta dos de sus trucos para retratar. El primero es cerrar los ojos y cuando ella le avise, abrirlos. En ese momento tomará la foto y así, la mirada será genuina. El segundo, más funcional a los efectos de la novela, implica relajar la cara pero mantener la mente activa.
—¿Y eso cómo se consigue? —Pregunta la criada.
—Piensa en algo que quieras alcanzar. Pero no gesticules. Simplemente… piénsalo.

— El final.
Mi personaje menos preferido (que no por nada se muere pero eso va a ser como en el capítulo mil) tiene el parlamento que disparó toda esta cháchara y que cerrará esta cuadragésima novena edición.
—¿Por qué no nos sacas una fotografía? —Le pregunta este personaje a su compañero de escena. —Y así guardamos este momento para la posteridad.
—¿Ahora mismo?
—Sí. Las fotos hay que hacerlas sin dudar. Porque si no, en vez de retratar lo que quieres, retratas lo siguiente. Y puede que eso
sea mucho menos interesante.
El final
ya estaba escrito.