Por qué salgo de mi casa todas las mañanas.

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Edición #50.


Con el comienzo del 2023, empezó también esta newsletter. El cuarto lunes de ese año salió la primera edición. Hoy, año y medio después, sale la número cincuenta. ¿Podés creer?

Por ser esta una edición particular (siempre fui muy de los números) será, claro, una edición particular. Empecemos.


— Los textos se escriben mucho antes.

Hace tiempo me ronda un tema en la cabeza, aunque todavía no he escrito sobre eso. Es algo que ocupa todos y cada uno de mis días. La razón primera por la que salgo de mi casa todas las mañanas. 

“Soy una convencida de que los textos se escriben mucho antes”, me dijo mi madre el otro día, y yo no puedo estar más de acuerdo.

Después me mandó un texto. Que lo escribió en un rato, me dijo, al sol, en el parque. Como si hubiera sido espontáneo, aunque se había llevado ya una hoja de papel.

Yo todavía no he escrito sobre esto pero como los temas se repiten y los textos son infinitos, te voy a compartir el de ella.

Te saludo ya porque, qué voy a agregar después. Vos y yo nos vemos en la próxima. Gracias por leer.


Laura Fedele

Los perros no saben que se van a morir. Eso los hace grandiosos. Viven cada día ignorantes de una expectativa insatisfecha. No necesitan mentir ni mentirse. No se miran al espejo para reconocerse, ni lanzan hacia él una bocanada de aire que lo empañe para confirmar que aún respiran. No dependen de la fe para levantarse ni del deseo para continuar. 

Son perfectos. Perfectamente idiotas, en el buen sentido. No se dispersan en complicadas nociones metafísicas ni se reconfortan con la ilusoria idea del más allá. 

Son brutos. No los conmueve ni el tiempo ni la decrepitud. No conocen el insomnio y jadean solo por calor. No les muerden la cabeza los adjetivos. Porque son sustantivos. Pronombres. Artículo neutro. Lo inmortal.

El mío, a esta hora en el parque, corre despavorido detrás de un pájaro que no alcanza. Se para sobre sus patas traseras, apoyado en el tronco de un árbol, intentando inútilmente comerse al sol. Regresa cada tanto a besarme las manos para confirmar su pertenencia y su esclavitud. Y vuelve al trillo. 

Agotado descansa en el último resquicio de la luz que agoniza. Quieto, con la cabeza apretada entre las manos, cierra los ojos y sueña. Imagina que sueña. Yo lo miro desde lejos y lo admiro, a pesar de que no sabe (y lo perdono porque es torpe) que la tarde tampoco sabe, ni sufre, ni llora, su muerte cotidiana. 

La correa envuelve el cuello una vez más. 

El ocaso nos ve volver caminando a casa sin culpa. 

Llego y le aflojo la cincha. 

Los dos sabemos que la tarde es perra.