Edición #52.
— Otro ritual.
El sábado pasado tuve el primer evento oficial de la temporada. No fue un casamiento, fue otra celebración, otro ritual: un cumpleaños de 80.
Salvando las distancias, que son claras, muchas cosas se repiten. Hay fotos familiares, felicitaciones, abrazos y baile. Hay torta, también. Hay que preparar minuciosamente los equipos, limpiar las tarjetas de memoria y cargar las baterías. Lustrar las botas, eso siempre.

— Un americano.
Ayer hablaba con un amigo de cuánto amamos los rituales y este es uno mio: salir a almorzar el día después de un casamiento (—cumpleaños). Convengamos que salir a comer es de mis actividades preferidas, pero hacerlo como ritual post jornada intensa de trabajo se siente todavía mejor.
Hace ya varias semanas voy a desayunar los domingos a un café cerca de mi casa. Primero pido un americano. Lo antes posible. Mientras lo traen decido qué voy a pedir de comer, que suele reducirse a dos opciones: un tostón de palta con queso crema, huevo, tomates Cherry y almendras, o un Bagel de salmón con rúcula y alcaparras. Averiguo si hay de las dos, por las dudas, a ver si me facilitan la elección. La responsabilidad es mía, hay de todo. Voy por el tostón, porque como estoy sola pedir los dos se me hace mucho. Me gusta mucho salir a comer sola.
Cuando llego al lugar, mi deliberación interna es dónde sentarme, que, si bien mi cuerpo me lleva orgánicamente a mi lugar de preferencia (determinado por orientación, cantidad de luz y Feng shui en general), hay otro factor de incidencia y es la gente sentada alrededor. Intento usar ese espacio para leer, así que prefiero no tener tanta interferencia porque la verdad, mi concentración en estos casos, pende de un hilo. Dejo constancia del acto y le mando la foto a mi amigo.

— El fin del amor.
Empiezo un libro nuevo. Me lo regalaron para mi cumpleaños.
Hace rato terminé el americano y voy por la mitad del tostón de palta. Como todas las otras veces (te dije que soy persona de rituales — me regocijo cuando voy a la panadería y me preguntan si “lo de siempre”, refiriendose a tres mignones de pan integral, aunque a veces las despisto y compro un pan de masa madre), pido ahora un café de método.
—Tengo solo de Honduras, me dice la moza. —Está bien, le digo. —Mientras no sea descafeinado, está bien. Entendeme, es domingo, son las 3 y media de la tarde y es mi primera ingesta del día después de la jornada de trabajo de la que empecé hablando y tengo intención de retomar en algún punto.
Empiezo un nuevo libro, decía. Me lo regalaron para mi cumpleaños pero fue a pedido. Todos los años hago una lista de deseos para orientar a quienes quieran traer un regalo. Te confieso que los libros no fueron lo primero que puse, que si bien es verdad que los quería y eventualmente iba a comprarlos, otras opciones ocuparon los primeros lugares de la lista. Finalmente mi falsa conciencia de ego académico me habló bajito y me sugirió un par de títulos, que no solo de ropa, vinos y café vive la gente.

Al minuto en que empiezo a leer, me dan ganas de escribir. Las cosas bien hechas parecen fáciles aunque no lo sean. El truco está en hacer parecer simple algo que en realidad no lo es. El maquillaje en un rostro, el adorno en un texto. En una foto, la luz.
En el evento del sábado pasado iban a pasar muchas cosas importantes. Personajes, puestas en escena y una serie de hitos performáticos que pasarían por una pieza de tango, un Zorba el griego, una orquesta de enmascarados y un que los cumplas feliz.
Pienso en cada una de estas, como un diseño sin terminar. A simple vista funciona, pero a la nuestra, algo le falta. Un trípode acá, un flash allá. La luz a 45 grados, las rodillas flexionadas y el lente angular. Nosotros también bailamos. Una coreografía marcada, pero abierta a la improvisación, pendiente del compañero y entregada al azar. Un movimiento sutil, sin que se note. Y disparar.
Sin que se note.
Que parezca simple. Que no lo es. Nosotros también bailamos.
—¿Otro café?