Matar la trama.

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Edición #54.


Un ser, mitad oso mitad humano, me sigue para que lo acaricie. Parece sincero, aunque por momentos fuerza el límite. Sus ojos no tienen maldad pero hay algo en sus movimientos que despierta un estado de alerta. 

Es un evento de cientos de invitados. Se acerca la noche y a medida que la luz empieza a disminuir, el trabajo se hace más exigente.

Los osos no tienen un gran sentido de la vista pero lo compensan con su muy desarrollado sentido del olfato. Detectan a los humanos a una gran distancia y los perciben como una amenaza por lo que, en en general, huyen antes de cualquier encuentro posible.

Se acerca un momento importante y ya es plena noche. Estamos al aire libre, por lo que la luz escasea, incluso para ver bien nuestros equipos. Reviso mi mochila desordenada y busco mi lente más luminoso. No está por ningún lado. Mi asistente intenta ayudarme, pero no tiene éxito. El escenario se prepara para lo que va a pasar, pero el lente no está y yo lo único que quiero es irme de ahí. Revuelvo otra vez la mochila con la esperanza de que sea una de esas veces en las que buscás algo que en realidad tenés en frente. No lo es. —Pensá rápido —me digo. Agarro otra cámara con otro lente y me conformo con la solución. Mi asistente se ríe, no entiende la seriedad que tiene para mí el asunto. Parece ser muy buena en leer ciertas situaciones pero todavía no logra diferenciar cuándo puedo tomarme algo con solfa y cuándo estoy a punto de convertirme en oso. 

Las hembras utilizan olores para atraer a los machos. Los machos siguen a las hembras y participan en una especie de danza de cortejo. Si hay otros machos presentes, puede haber competencia. Las hembras observan y luego eligen.

El oso sigue rondando. Creo que puede oler mi falta de control. El evento, sin embargo, transcurre con normalidad. Del lado de los invitados es todo placer: bailes, alcoholes, cuerpos pegados. Del lado del trabajo, supervivencia pura. 

El oso vuelve y me mira. Lo huelo detrás de mí pero lo ignoro. Quiero concentrarme en el intento de registrarlo todo, incluso lo que no se puede tocar. Vos y yo bien sabemos que eso no es posible, que en una foto de una flor no hay una flor así como tampoco cabe en una foto todo lo que pasa en un abrazo o en un beso. Cabe lo que cada uno piensa y siente sobre las flores, los abrazos y los besos y eso, es hermosamente infinito. Por eso una foto es infinita. El oso finalmente hace contacto.

Los osos macho y hembra suelen pastar próximos y de vez en cuando, el macho se aproxima a la osa, que se aleja con una corta carrera. Más adelante, juguetean abrazándose y persiguiéndose y se mordisquean e intercambian caricias.

El oso hace contacto pero nadie lo ve. 

Está empezando a aclarar. Los invitados se pierden en una niebla espesa que al parecer durará hasta entrado el día. Ya no queda nadie. Huele a musgo y corteza, a arándanos y café.