Edición #56.
— Sí, llega.
Ignorando que ya empezó a correr el segundo día de la semana, te digo buenos días, buenas tardes, pero sobre todo buenas noches y gracias por estar acá una vez más. Gracias especiales a quienes me escriben para corroborar que haya mandado la newsletter, porque quizás algún lunes se complicó y no salió. Un abrazo para ustedes que ya saben quiénes son. Pongamos orden y empecemos.
— Mea culpa.
El viernes pasado rompí mi computadora. No es que se rompió, es que la rompí. No tengo a nadie con quien compartir la responsabilidad, aunque la verdad no lo había pensado así hasta que alguien me lo comentó. También me rompí las lumbares pero eso todavía no sé por qué fue. Lo de la computadora tampoco lo supe hasta un rato después cuando, con la intención de entregar unas fotos antes de empezar el fin de semana, la abrí y lo vi.
— REM.
Me desperté a las 8:04, igual que el día anterior y que el otro. 21% de sueño profundo. Me habían robado el celular, pero en lo que duró media vuelta en la cama, terminé de darme cuenta que había sido un sueño. Una de esas fases que detecta el reloj inteligente.
Unos días antes una amiga me había contado que a plena luz del día, mientras colgaba la ropa en el fondo de la casa, un hombre metió un palo por la ventana del frente y alcanzó a enhebrar las asas de la cartera que estaba arriba de la mesa. Eso fue real. Se llevó documentos, tarjetas, un perfume y alguna crema (esto no lo sé pero quién no tiene algo de eso en la cartera). Incluso se llevó bastante efectivo y así y todo, lo que mi amiga agradecía, era que no le hubiera robado el celular. Se lo había regalado su sobrina (mi amiga es una señora grande que bien podría ser mi tía) y era de los buenos, pero el alivio no era por el afecto ni por el costo, si no por esa razón que quizás a vos también te pase: por no haber perdido todas las fotos.
— La rebelión.
J.E. – Esas máquinas me dan miedo.
M.L. – ¿Por qué?
J.E. – Porque siento que en algún momento les vamos a confiar todos nuestros recuerdos.
Si estuviste veloz ya te habrás dado cuenta, que “esas máquinas” a las que se refiere J.E., no son otra cosa que las cámaras de fotos.
J.E.es la protagonista de la telenovela que mencioné varias ediciones atrás, que sigo mirando y que voy por el capítulo 456. Está ambientada en el año 1915, por eso lo del miedo a las máquinas. Qué ilusa eras, J.E. Ahora la estoy intercalando con Masterchef porque ya que tengo RTVE y estamos en temporada de editar durante largas horas, me viene bien y de paso aprendo a hacer una buena Tarta de Santiago.
— Las ramas, Patricia.
Cuestión que entre una cosa y otra, quiero decir, el sueño del robo, el robo real y la rotura de la computadora, me dispuse en estos días a hacer limpieza y a actualizar mis respaldos.
— ¿Limpieza?
De archivos, de “polvo virtual”. Cuando empecé la limpieza todavía no lo sabía pero — alerta de spoiler como dirían en España — voy a tener que comprar otro ordenador.
No te rías, que no uso esa palabra solo por homenajear a “la tierra madre.” Es que el término ordenador, viene de ordinateur que a su vez viene del latín ordinator, que significa “el que pone orden”.
Igual así tiene más sentido.
Sobre todo porque a veces siento que nuestra vida entera puede caber en un aparato. Un aparato que mide lo mismo que la cuadernola que tengo al lado y que se abre como tal, pero en el que del otro lado está el mundo. Un aparato que ocupa todos tus días y te dice cómo y cuándo sentarte a trabajar. O a no trabajar. También uno, que un día en un descuido, cede y hace un crack, ordenándote que pongas orden.