Edición #59.
«Todas las fotografías son precisas. Ninguna de ellas es la verdad.» —Richard Avedon
Una serpiente sube despacio entre sus piernas. Ella permanece acostada; inmóvil, con la cabeza sobre las manos. La serpiente avanza, rodea su cintura y al llegar a su cuello, olfatea.
Una madre prepara un escenario para una fotografía familiar. Un sillón mullido, un perro prestado y una alfombra sin pisar. Hay un vestuario asignado, aunque algunas de las prendas se sostienen con ganchos por el lado de atrás. No hay un guión pero tampoco se improvisa. En la pared de la escalera, detrás del sillón, la punta de un empapelado se despega y deja ver un fondo anterior. Los cuadros durarán colgados lo que dure la sesión.
Ella acomoda su collar de perlas, enredado sobre su vestido negro. El collar llega hasta la mitad de su pecho, a la altura del esternón. Cada una de las perlas es más grande que las de sus caravanas a juego. Ella, sin saberlo, será parte de otra escena, en algún ángulo de otra foto anterior.
El cuello de la camisa le sostiene el corbatín que apenas aprieta. El bigote, partido. En el cenicero, un cigarrillo apagado por la mitad, apurado por la circunstancia. Él cree que tiene cosas más importantes que hacer, pero ahí está.
Su mano izquierda se apoya en el hombro de ella. Las manos de ella reposan sobre su falda. La mirada firme y al frente. Los pies cruzados; las rodillas, juntas. Las piernas arrastran la alfombra de tanto apretar, generando pliegues que, si se hubieran visto, habrían sido evitados. El sillón está vencido y se adivinan manchas. Las cejas son perfectas. Los ojos, simétricos. Las perlas pesan pero se superponen con gracia. La mano podría ser de una escena anterior.
Una mueca hace pensar que del otro lado de la cámara hay alguien pendiente del gesto, del perro prestado y de la otra mujer, que no hace más que no mirar. El foco no está en la arruga, ni en la perla, ni en los hilos que sobresalen por debajo del pantalón. Si se pudiera oler, el aire estaría viciado, entre humo, colonia y humedad. La alfombra se arruga cada vez más.
Se tapa un ojo. El disparo es certero; el encuadre, extraño.
—No hables. Con tu belleza es suficiente.