El modular.

Written in

by

Edición #61.

A los tíos.



Una puerta se abre despacio. Se asoman primero unos dedos y después la mano entera. Saluda, entre pidiendo permiso y avisando que va a entrar. Es ella. Volvió.


Algunos sábados atrás tuvimos casamiento en el este. Prácticamente toda la temporada que acaba de terminar fue en el este, pero esa es otra historia. Es la segunda boda que hago de este grupo familiar y hay una tercera por venir. “Esta familia trae olas de calor”, comentamos ese día. Si te dijera a qué se dedican, te reirías de la ironía. 

En la iglesia, mientras esperábamos a la novia, vi que la luz era buena en los dos sentidos, es decir hacia la entrada y hacia la salida, cosa que la mayoría de las veces no sucede. Igual puede pasar que tengas suerte y haya una ventana con un haz de luz directo al pasillo y te pase esto.

En ese ir y venir entre mediciones de luz y un novio nervioso, le hago fotos a una pareja por la cuarta o quinta fila: una señora con cara de hada madrina y un señor que bien podría ser el arquetipo de un tío. Él, el tío, me hace ese gesto con la mano de “vení, vení que te quiero decir una cosa”. 

Me acerco.

— Decile vos — le dice ella a él.

Y él me dice:

— Nosotros somos fans de tu newsletter.

Se me estrujó el corazón. “Las leímos todas, hasta la fe de erratas”. Por supuesto me excusé por no estar escribiendo estos días (semanas) para lo que también tenían una respuesta amorosa sobre cómo “esta chiquilina con todo el trabajo que tiene, mirá si se va a poner a escribir”.

No sé si estarán leyendo esta edición, espero que sí, pero va dedicada a ellos. A ustedes.


El modular.

Cuando tengo casamientos en Punta del Este, Dominga se queda con mi madre. Tiene una cucha igual que la que de casa, aunque prefiere los lugares que habitualmente ocupan las humanas, igual que en casa.

En lo de mi madre hay un modular que detesto. Está atiborrado de cosas. A ella le encanta. No sé si tanto el mueble pero sí las cosas, recuerdos de acá y de allá. Lo que sí me gusta del modular es revolverlo. Particularmente el espacio que se abre con una puerta batiente que más de una vez se me cayó en la cabeza (lo odio) pero me gusta porque ahí es donde están todas las fotos. A veces me llevo algunas. El otro día cuando fui a dejar a Dominga, estuve revolviendo un rato.

En esta foto he quedado tan espantosa que un súbito impulso de romperla en pedacitos me ataca de a ratos. Pero no se que extraño sentimiento de supervivencia (…) me contiene para no hacerlo”.

En el modular hay álbumes de aquellos que daban en las casas de revelado con folios transparentes para fotos 10×15. También hay fotos sueltas, porque muchas de esas son viejas, de mucho antes que los álbumes con tapas de papagayos. Tengo la costumbre de darlas vuelta, para ver si tienen algo escrito del otro lado. Encuentro una foto en blanco y negro de mi madre, que deduzco fue sacada por mi tío. (Si estás veloz leyendo esto — ya sé que pasaron semanas y quizás te olvidaste de mis formas pero — quiero creer que ya entendiste quién es la autora de la frase que cito en el párrafo anterior).

Mi tío sacaba fotos. Lo pongo en pasado solo por el hecho de que supo ser su oficio, no por otra razón circunstancial. Esta que encontré, es en la terraza del apartamento de mis abuelos. Un espacio de esos que me gustaban cuando era chica: medio recoveco, medio guarida. El sol entra directo por la ventana pero la cara de mi madre está en sombra. Tenía 20, pero como en todas las fotos de esa época, parece mayor. (A lo mejor toda la gente parecía mayor en esa época). De fondo, una planta que parece un lazo de amor, un cepillo para lustrar zapatos y, lo que en la nota al dorso cobra una importancia superlativa: un embudo.

En esta foto he quedado tan espantosa que un súbito impulso de romperla en pedacitos me ataca de a ratos. Pero no se que extraño sentimiento de supervivencia (en el papel pero supervivencia al fin) me contiene para no hacerlo. 

Ahora que también debo destacar en forma muy especial el logrado alcance en la técnica fotográfica y el delicado detalle del embudo del fondo, que está como suspendido en el aire por alguna rara fuerza de no gravedad (tipo damajuanesca, creo).

Por eso sé que el mensaje de esta foto es por el futuro y para el futuro”.

12/4/75

No encuentro el remate para lo que vendría después de señalar que esta foto acaba de cumplir 50 años. A lo mejor debería tomar prestado el de mi madre, aunque en mi caso hable del paso del tiempo y en el de ella, del tiempo congelado.

Paradójico, ¿no?

“¡Oh my god!”