Edición #62.
El primer mordisco es como el primer beso: nunca se olvida.
Todo lo que vas a leer podría haber pasado. O podría ser solo una historia bien contada.
Quizás omití. Quizás solo conté lo que me convenía.
Quizás lo inventé.
Lo cierto es que, de alguna manera, todo es verdad.
La procesión.
Me habían mandado una lista de lugares para ir a cenar. Madrid siempre está lleno. De la lista me llamó la atención uno. Por su nombre, me pareció simpático. Los diminutivos pueden ser tan molestos como simpáticos.
—Vamos a este —les dije a las muchachas.
Era Semana Santa, así que las calles estaban más atestadas que de costumbre. El día anterior me habían hablado de la magnitud de las procesiones, pero no creí que fuera tan así hasta que estuve ahí. Para llegar al restaurante había que atravesar varias calles con miles de personas siguiendo carros con velas y cirios, cruces y antorchas.
Siendo plena primavera en Madrid, bastaba con un blazer arriba de algo como para estar cómoda. Ese día me sentía particularmente linda. No sé si por mis botas nuevas o por el calor incipiente que siempre me sienta bien. Probablemente ambas. Después de hacer un camino que no hubiéramos hecho de no ser por las circunstancias, logramos encontrar el restaurante.
Me adelanté a ver si había lugar, como para ejecutar un rápido plan B en caso de que no. Pedí a los santos que hubiera una mesa. A lo mejor las velas y los cirios hacían lo suyo, no tanto por cenar en ese lugar en particular, si no porque una segunda opción no iba a ser fácil de ejecutar: cuatro señoras en Madrid, con hambre y pocas ganas de caminar, tienen sus triquiñuelas. Mañas y artimañas. No sé si habrá sido por la hora o por las velas, pero, contra todo pronóstico, conseguimos una mesa perfecta, al fondo del salón.
—Buenas noches. ¿Tendrás una mesa para cuatro?
—Está bastante lleno… espera, déjame preguntarle al encargado.
—Hola —dijo él— y tuve esa sensación de algo inevitablemente familiar.
La última cena.
La mesa que nos asignó el encargado era una de esas que de un lado es un sillón y del otro lado hay sillas. Como de costumbre, y por una cuestión energética (como de Feng Shui pero inconsciente) yo me senté contra la pared. El local era pequeño, con una estética que me gusta mucho y voy a bautizar acá como elegancia acogedora: un diseño moderno y a la vez cálido, con texturas equilibradas. Madera y metal; cuero y concreto. Un poco viejo, un poco nuevo. La luz en su punto justo; la música, también familiar. Sin embargo, y dicho todo esto, había algo que no encajaba.
Entradas las copas de vino y los platos a escena, demoré un rato en hacer la observación que desencadenó la trama de este asunto: justo en la pared frente a nuestra mesa, en una ubicación muy poco probable para un cuadro, había una reproducción de La Última Cena, de Leonardo da Vinci. No encajaba. ¿Por qué, en este restaurante, con todas sus características, había un cuadro de La Última Cena, adornando una de sus 4 o 5 paredes?
Una vez puesta la incógnita sobre la mesa —junto con los noodles con mayonesa de kimchi y atún, el carpaccio de portobello y aceite de piñones, y el cangrejo en pan bao— se barajaron un par de teorías sobre la elección de esta obra. Una, la (remota) inclinación religiosa de los dueños y otra, el contexto de la Semana Santa. Lo aleatorio fue descartado de entrada. Quiero decir, en un lugar en el que están pensadas hasta las servilletas, algo así hace ruido. Es el glitch de la situación. El elefante en la habitación. Es Juan en la Última Cena con ojos de huevo frito.
—¿Qué?
El encargado.
La distancia a la pared no era mucha, pero era suficiente como para que ninguna de nosotras cuatro, a primera vista, reparáramos en el detalle que develaría el misterio.
—Esperen —dice una—, no es comida lo que tienen en la mesa… ¡es una obra intervenida! Vamos a preguntarle al encargado.
La otra, que poco problema tiene en hablar con quien sea, le pide que se acerque. Un plato más de noodles y una pregunta.
Pues esas láminas las hago yo. Compro obras en subastas y esos sitios, y las intervengo con objetos. Al final les tomo una foto y las imprimo. Están creadas con “inteligencia artesanal”. También hago camisetas.
Misterio resuelto, caso cerrado, salí a ver pasar la procesión. Él vino conmigo, como en un acto automático. Hablamos de Uruguay, de los siguientes lugares a visitar y de la multitud de la semana. Cuando se hizo el primer silencio, cayó en la cuenta de que no debía estar ahí. Antes de irnos, le pedí que nos sacara una foto con la cámara de rollo.
—¿Cómo hago para comprarte una lámina?
—Qué alegría que me hayas escrito. Elige la que quieras.
Era nuestra última noche en Madrid. La Semana Santa había terminado y también nuestro itinerario de viaje. Al día siguiente, un vuelo transatlántico por tomar.
—Decidan ustedes dónde cenar. Vayan yendo. Yo tengo que ir a buscar una cosa. Me mandan ubicación después.
Con las calles un poco más despejadas y la temperatura favorable de siempre, me encaminé hacia el restaurante. Como estaba segura de que la lámina iba a ser un regalo, unos días antes había mandado a imprimir un par de fotos mías a un laboratorio, a modo de intercambio: la del Palacio Salvo y la de la calle de mi casa. Lo más montevideano posible.
¿Te vas mañana? Perdona, es que no tenía cómo envolverla, te he traído también una camiseta. Es mía pero casi no la he usado, espero no te importe. Es que no me ha dado tiempo de mandarte a hacer una especial, ya sabes. Gracias por las fotos, son muy buenas. Las colgaré. Adiós.
—Patricia, espera.
