El otro en nosotros.

Written in

by

Edición #67.


Abrir un melón.

Siempre me llamó la atención el hecho de que existan tantas caras diferentes. 

También que haya tantas canciones diferentes pero de eso ya hablé en otra edición. 

No me digas que no te parece sorprendente que de “un par” de notas salgan infinitas canciones y que de “un par” de genes, salgan infinitas caras. A mi sí, la verdad. Por otro lado, también me da curiosidad cuando me dicen que me parezco mucho a alguien. ¿Quién es? ¿A qué se dedica? ¿Habla parecido a mí?

Mucho tiempo me pregunté cómo se sentiría tener una hermana gemela. O quizás sea solo que me gusta mirarme al espejo. 

Cada vez que digo que voy a escribir algo liviano, se me da por abrir uno de estos melones. “Abrir un melón”: iniciar un tema o debate que puede ser complejo, delicado o generar controversia. Es como abrir un melón y no saber de antemano qué tipo de sorpresa te espera dentro. 


Los ojos son lo más difícil.

En el tercer año de Bellas Artes nos pidieron llevar para una clase, un bloque de arcilla y un espejo. Un bloque de unos 25×15 centímetros y un espejo de mano. Como con todas las consignas, nos enterábamos en el momento qué era lo que había que hacer. La de ese día: tallar un rostro en arcilla. ¿Qué rostro? El que se veía reflejado en el espejo de mano: el nuestro. Suerte con eso.

No sé si a alguien más le pasó lo mismo, pero mientras buscaba con los dedos las formas que serían mi cara, aparecieron dos personas más: mi abuela primero y mi madre después. 

Los ojos son lo más difícil, nos decían. Uno tiende a dibujarlos, con un punzón sobre el barro, haciendo los surcos de la forma, cuando en realidad lo que hay que hacer es un hueco. La cuenca primero y el globo después. Es que no estamos tan acostumbrados a esculpir como a dibujar, creo yo. Mucho menos a sacar ojos.

El fotógrafo François Brunelle se hizo la pregunta del doppelgänger: ¿tiene cada persona a su doble en el mundo? A partir de esta incógnita, se propuso encontrar parejas de parecidos, empezando consigo mismo, donde intentó fotografiarse, aunque sin éxito, junto al quien él considera “su doble de acción”: el actor de Mr. Bean. Permitime dudar. 


El matiz de la diferencia.

La realidad es que no me interesa tanto esto de encontrar parecidos. Me interesan más las variantes de las cosas. Una atracción por las tipologías. Algo de los arreglos y las combinaciones, que nunca sabré explicar la diferencia. Como el hiato y el diptongo.

—Las ramas, Patricia.

Perdón. La cuestión es que allá por el año 2011, también en el contexto de la actual Facultad de Artes, nos propusieron desarrollar un proyecto personal. P.P.

Desarrollé un breve borrador para lo que en su momento titulé como Proyecto Genes. La consigna sería realizar retratos a miembros de una misma familia: padres, madres y descendencias, hermanos y hermanas. Un retrato de cada persona, un corte por la mitad y veríamos la magia suceder.

Investigando antecedentes me encontré con los Genetic Portraits de Ulric Collette. La prueba de que alguien en algún otro lugar pensó lo mismo que una y de que (casi) nadie inventó nada. Siempre hay que investigar antecedentes, incluir en el marco teórico y seguir adelante. Así lo hice, con mi versión un poco más plástica y con menos Photoshop, cortando las fotos casi como con tijera, para luego unirlas y observar el resultado. Recorte y pegue.

Más adelante el proyecto abandonó su nombre de carpeta de material acumulado y adoptó uno más acorde: El otro en nosotros. Le pedí a un amigo que escribiera un texto para presentarlo:

Todos tenemos en nuestro rostro una parte que no es propia.

Natural e inevitablemente reflejamos una parte de los que nos anteceden, haciendo de nuestros rostros portadores de otros que estuvieron antes.

La herencia, esa carga genética que combinación tras combinación adquiere diferentes formas y va dejando indicios que permiten reconocer las partes que nos componen.

El proyecto formó parte de una exposición colectiva en el marco de Fotograma, en el año 2013. También iba a ser parte de mi tesis de egreso de Bellas Artes pero no lo fue.


El otro día hablaba con una amiga —otra fotógrafa— sobre los proyectos personales. Siempre nos dicen que, como fotógrafas, tenemos que tener proyectos aparte del trabajo. ¿Se referirán solo a proyectos de fotografía? Si una escritora vive de escribir novelas, ¿cuál sería su proyecto personal?

Yo dije que no me hacía falta salir a sacar fotos. 

—Polémico. 

Quise decir que no lo echaba en falta como una necesidad expresiva, no que no lo necesite como si fuera un tema zanjado. Dicho esto, seguramente incidió en esa afirmación el hecho de que ya habíamos abierto la segunda botella de vino y que siempre tiendo a llevar un poco la contra.

Este es uno de esos proyectos que quedó abierto. Si me entendés bien, sabrás que es una forma elegante de decir que quedó por el camino. No voy a mentir acá y decir que algún día lo voy a retomar, aunque me gustaría. No faltan las personas que me han dicho a lo largo de estos años que les gustaría probar a ver qué tanto se parecen a sus padres o a sus hermanos.

Porque, convengamos, que esto no iba de hacer retratos. Iba de experimentos, de comprobaciones, de pura curiosidad. El vaivén entre integrar nuestras caras anteriores y reafirmar nuestra singularidad. Encontrar el matiz de la diferencia.


En música, «matiz» se refiere al ritmo de la interpretación, como un cambio en el tempo o la dinámica. En cuanto a los rasgos, el matiz puede ser una característica sutil o un detalle que añade un carácter o significado a algo, sin ser fundamental.

—¿Y en fotografía?

Algo del color. Igual a mi me gusta escribir.