Edición #68.
En mi infancia no hubo fotos de comida.
Entre mis ocho y mis no sé cuántos años de adolescencia, fin de semana por medio me quedaba en la casa de mi padre. No sé si por una cuestión práctica, por gusto, o por ambas, durante mucho tiempo comimos siempre lo mismo y en el mismo orden, y a mí, que no me atraen las rutinas pero sí los rituales, me gustaba. Con los años se fueron haciendo ajustes, en función del ensayo y del error. O de la prueba y del acierto, para decirlo mejor.
Viernes.
Sigue siendo un día laboral. La cena tiene que ser relativamente sencilla. La simpleza en un plato; la combinación infalible; la fruta más noble: el arroz con atún.
El secreto está en la mezcla (en realidad está en la calidad del atún pero eso dependerá de cada familia). Se prepara aparte y luego se separan las porciones. Se decora, para el caso, con caras dibujadas con ketchup y ojos de huevo duro. Se sirve frío, no importa la estación.
Sábado.
Almuerzo.
Se admite un tiempo más de elaboración, aunque con un par de elementos repetidos (otra combinación que no falla). Un corte pensado, un condimento protagonista y el tiempo justo para tener el punto perfecto: carne al horno con arroz.
Pensaste que iba a decir puré, ya lo sé. Cada uno con lo suyo. La carne no a punto, un poco antes. Para que además, todos los jugos, potenciados por el adobo, caigan directo en cada plato. Según la habilidad de quien sirve y las herramientas adecuadas, será donde quede la mancha. Se presenta caliente, con un toque de mayonesa para el arroz y seguramente un vaso de Pepsi light.
Cena.
Para la noche se reconfigura el plato principal y, con mucha precisión, se rebanan los trozos de carne que hayan sobrado del mediodía en finas láminas, que luego serán pinceladas con aceite de oliva y un toque de sal. Hoy le pondríamos sal en escamas pero estamos en otra época donde se ve MTV o suena algún disco de Enya o de Kenny G. El pan es opcional.
Domingo.
La del domingo no te sorprenderá: ravioles de verdura, de Los dos leones. Los únicos e inigualables dos leones, impresos a una tinta en caja de cartón rectangular. Mucha harina y a separar los cincuenta o cien ravioles uno por uno, cortando con cuidado cada borde en zigzag, que si no se pegan. Queso rallado fino, de bolsa, en abundancia, y otro vaso de Pepsi light. Manteca en el fondo. Se sirven en cazuela de barro, muy caliente. Suena el unplugged de Eric Clapton.
En mi infancia no hubo fotos de comida y voy a asumir que en la tuya tampoco.
La repetición. La palabra. Otra vez: la palabra.
La madera. La gubia en la madera. Otra vez: la gubia en la madera.
Quizás eran momentos excepcionales. Es un cliché decir que en lo cotidiano está lo excepcional. Pero los clichés no son más que verdades repetidas demasiadas veces.
Las fotos son como un grabado, me dijo una alumna una vez. Una huella por repetición. Otro ritual.